Día a día

 

MI MAÑANA CON MARGUERITTE

 

La ternura no se juzga desde la técnica ni desde la acidez.
Digámoslo de otra manera: la ternura no admite juicios.
Toda crítica que considera menor y olvidable esta "Mi tardes con Margueritte" de Jean Becker, peca de esa lejanía con la vida, propia de los análisis de laboratorio que no toman en cuenta el miedo del ratón.
Y se enredan entonces, como los elefantes en el barro, en argumentos "científicamente" válidos: que los encuadres, que la torpeza del montaje, que la irrealidad, que lo cursi.
Hay gente que no puede sentir nada, acaso solamente su propio juicio de un mundo que de tan podrido que lo creen se les deshace en las manos.
Otros -menos seguramente- creemos porfiadamente que la vida todavía nos regala páginas donde una Margueritte (Casadesus) y un Germain (Depardieu) pueden rescatar en la plaza de cualquier pueblo (¿por qué no del tuyo?) la inefable cercanía de quienes tienen adentro un corazón que se derrite de humanidad.